Pertenece Luis Rosales a esa generación poética que sale a la luz coincidiendo, casi, con el estallido de la guerra civil. Tiempos difíciles, los que tuvieron que vivir aquellos jóvenes. Tiempo de definiciones también, ante una elección que dejaba pocas opciones abiertas. Por ello, su obra intenta mirar hacia adentro, en un proceso de interiorización que busca lo trascendente.
Había nacido Luis Rosales en 1910, en una Granada que comenzaba a abrirse a un nuevo e intenso ambiente cultural, que daría sus frutos algo más adelante. Estudiante en su Facultad de Letras, su nombre comienza a sonar en los primeros años treinta, cuando se incorpora a la colaboración en publicaciones que son fundamentales para la historia de la cultura en aquellos años.
El estallido de la guerra en el verano de 1936 es la primera de esas definiciones a las que aludía al comienzo. Seguramente no tuvo Luis Rosales excesivas dudas al respecto. No fueron años perdidos en el terreno de la creación. Pero las cosas no iban a resultar tan fáciles una vez terminada la contienda. Son los intentos de recuperación de tantas cosas perdidas. La libertad, entre ellas. De ahí ese intimismo, en la tradición de la ms pura lírica renacentista.
A partir de un determinado momento, surge una nueva faceta en su labor creadora. Es la investigación literaria. Los títulos se acumulan, como el mejor exponente de un intenso trabajo realizado. En esa línea estará también su discurso cuando ingrese en la Academia Española. Su obra va trazando un camino que es el de su propia existencia.
Cuando Luis Rosales Camacho muere en Madrid en 1993, había recibido los más importantes premios en el mundo de las letras. Así en el año 1989, el 20 de febrero, se concede al Excmo. Sr. D. Luis Rosales Camacho, la alta distinción de "Hijo Predilecto de Andalucía" D. Luis Rosales Camacho nació en Granada en 1910. Siendo aún muy joven, en 1932, momento en que la Generación Poética del 27 atraviesa su primer período de desintegración, se incorpora a la vida literaria madrileña. "Abril", su primer libro, es un canto de amor, de juventud y de ternura, que respira el aire de su tiempo conservando la visión transparente y poética del mundo. A partir de este período Luis Rosales comienza a publicar parte de su obra en la revista fundada por Pablo Neruda, "Caballo Verde", teniendo de compañeros a poetas como Aleixandre y Miguel Hernández. Posteriormente publica sus trabajos en la Revista "Escorial". A lo largo de su fructífera vida literaria, Luis Rosales ha conseguido numerosos premios destacando entre otros: Premio "Mariano de Cavia" en 1961; Premio Nacional de Ensayo "Miguel de Unamuno" en 1973; Premio "Bonsonms", de la Diputación de Barcelona; Académico de la Lengua, Premio "Miguel de Cervantes" en 1983... en reconocimiento a su valiosa aportación a las letras españolas. Hoy día Luis Rosales es reconocido universalmente por su obra poética y su legado constituye una valiosa aportación al patrimonio cultural de Andalucía.
El 4 de Octubre de 1986, se le concede el nombramiento de Socio de Honor de la peña La Platería.
Memoria de tránsito
Abril, porque siento, creo,
pon calma en los ojos míos:
los montes, mares y ríos,
¿qué son sino devaneo?
Mirando la nieve veo
memorias de tu blancura,
y cuando vi en la hermosura
tu inmediata eternidad,
¿fuiste si no claridad,
temblor, paciencia y dulzura?
Tu leve paso indolente
deja en mis ojos su aroma,
los ojos en donde toma
espacio tu ser presente;
bienaventuradamente
nacieron para el olvido,
tu piel de asombro encendido,
tus ojos con lluvia y viento,
y esta ternura que siento
herida de amor huído.
Señor, tiempo caminante
soy, donde sueñas la historia;
¿todo amor es la memoria
de un bien perdido? ¿El amante
dónde salvará el instante
que fué visión? ¿Sólo voy
del solo sueño que soy
al soñar que hizo la nada?
Presencia de ti mirada;
fiel al tránsito, aquí estoy.
De cómo vino al mundo la oración
De lirio en oración, de espuma herida
por el paso del alba silenciosa,
de carne sin pecado en la gozosa
contemplación del Niño sorprendida;
de nieve que
detiene su caída
sobre la paja que al Señor desposa,
de sangre en asunción junto a la rosa
del virginal regazo desprendida;
de mirar
levantado hacía la altura
como una fuente con el agua helada
donde el gozo encontró recogimiento;
de manos que
juntaron su hermosura
para calmar, en la extensión nevada,
su angustia al hombre y su abandono al viento.
Contigo
Ya el tiempo es sólo el espejo
donde te sueño, lo mismo
que los chopos en invierno
sueñan su verdor florido,
aunque el
corazón te diga
que nunca soñé contigo,
que siempre puse la misma
corriente en distinto río.
La costumbre de perderte
me busca cuando te miro;
me busca, me está diciendo
por que vivir no es preciso.
Pero todo, todo, todo,
abril, todo lo que es digno
de recordarse, en ti toma
la luz de su señorío.
El resplandor de aquel tiempo
cuando era el amor tan niño
que aún se quemaba las manos
con el perfume del mirto.
Y el dolor que tuve luego
cuando te perdi, y el brío
de la esperanza que junta
lo que será y lo que ha sido,
¡todo
descansa en tus alas!
yo a Dios llorando le pido:
si cuanto vieron mis ojos
a través de ti lo han visto,
que nada
turbe el descanso
maternal donde resido,
que todo tenga en tu sangre
su nacimiento legítimo.
La voz que quiso ser nieve,
la nieve que al fin fué río,
el don de ver y la pura
ensoñación de haber visto,
el corazón
donde a veces
canta un pájaro y sentimos
que se alegra la espesura
de la sangre con su trino,
y el
tránsito de la carne
que aún recuerda el paraíso,
que aún recuerda que fué pura
cuando se encuentra contigo,
¡todo
naciendo en la misma
mujer, y en el sueño mismo
que a la carne de sonrisa,
y hace, a la costumbre, rito!
Así, tu mano en mi mano,
tu corazón junto al mío,
¡sosiégame, ten mis ojos
quietos, para siempre fijos
en tu mortal
primavera,
naciendo del gozo mismo
de tu bendición, naciendo
solo, desierto, contigo!
De cómo el tiempo hizo nacer la sonrisa sobre la carne
El corazón ha reunido
los ángeles de la carne,
los ángeles que perdieron
la memoria al contemplarse.
Vienen lentos, con las alas
dormidas y un bosque grave
me van formando en el pecho
de ángeles tristes, unánimes.
Los ángeles son de rosa
viva, las rosas de carne,
y anda el sueño confundiendo
los árboles con los ángeles.
El corazón, con su vuelo,
se ha convertido en paisaje
de ciego que busca luz,
y luz que el viento deshace.
Ya estamos juntos, sin vernos,
como una fuente y un ave,
juntos, pero no vividos:
tristemente naturales.
Se ven los ojos, no miran;
no están mirando, no saben
que aún queda el tiempo, ¡bendito
tiempo que gastas la carne
que
trasciendes su locura
y en sonrisa la deshaces
como las nubes acaban
disolviéndose en el aire!
La vuelta del amor
Sentí que se desgajaba
tu corazón lentamente
como la rama que al peso
de la nevada se vence;
sentí en tu mano un desfile
de golondrinas que vuelven,
y vi llenando tus ojos
aquella locura alegre
de los pájaros que cumplen
su fiesta sobre la nieve.